Todos conocemos a John Grisham. Aunque no hayamos leído nada suyo es prácticamente inevitable no haber visto ninguna de las adaptaciones al cine o a la televisión de sus novelas. La tapadera, El informe Pelícano, El cliente, Tiempo de matar, Legítima defensa o El jurado son éxitos que antes sólo se vendían en librerías. Es un autor tan prolífico que algo se tenía que quedar al margen de los focos. El intermediario es un ejemplo de ello.
La historia comienza en el Despacho Oval de un presidente repudiado al que el autor llega a comparar con William Henry Harrison (9º presidente de EE.UU y que duró treinta y un días en el cargo). Al final de su mandato se encuentra ante las peticiones de indulto y Joel Backman es uno de los afortunados a pesar de haber intentado hacer negocio con la seguridad de su país.

Por “motivos de seguridad” trasladan al ya hombre libre a labrarse una nueva vida en Bolonia, pero a medida que pasa el tiempo Backman desconfía de las buenas intenciones de la CIA, pues no le iban a sacar de la cárcel sin querer nada a cambio. Tampoco quiere fiarse de Francesca, su profesora de italiano. Espías y mujeres. Tal vez sea una trampa. Ninguna sorpresa en este aspecto.
Grisham se aleja de los juzgados en los que se encuentra cómodo para adentrarse en el mundo del espionaje y en los intereses de las altas esferas. Puede que sea esa la razón por la que esta obra pasa desapercibida y hasta hay quien la cataloga como una de sus obras menores. Aún no he leído más cosas suyas y no puedo comparar, pero como ya dijo él “mi objetivo es conseguir que el lector se sienta impelido a pasar las páginas a toda velocidad”. En esta lo consigue.

