Imagina que vas viajando en tren. Es de noche y el vagón está vacío. Sólo puedes intuir el paisaje mientras lees un libro. Algo te llama la atención. No sabes qué es, pero un escalofrío en la nuca te advierte de que tu soledad es una quimera. No has advertido su presencia, no sabes en qué parada se ha subido, pero ahí está. Y fuera de tu alcance. Un gemido y después otro. Estará borracho, piensas mientras te encojes dentro de tu abrigo, incómodo. La muerte… ¿Qué dice? La muerte… es un asunto solitario.
Así empieza una serie de asesinatos en Venice, California, a mediados del siglo pasado. El inspector Crumley es el encargado de llevar la investigación, pero no va hacerlo solo pues el asesino nos ha seguido en nuestro viaje nocturno, se ha comunicado con nosotros y luego ha dejado que encontremos el primer cadáver flotando en el agua, entre tinieblas, en lo que parece una antigua feria o circo abandonado.

¿Crees que no sé acerca de ti?
No hay mucho que saber – contesté tímidamente.
Claro que no. Escucha. – Crumley sorbió otro trago, cerró los ojos y comenzó a leer los detalles de mi vida en la parte de atrás de sus párpados.
No nos va a resultar fácil atrapar al asesino y más cuando todos a nuestro alrededor van desapareciendo presas de la soledad y la muerte. Podríamos pensar que nuestro acompañante en aquel tren está haciendo un favor a todas esas personas que se encuentran solas y desvalidas. Condenadas por ser los vestigios de una ciudad que ya no existe, de un época que no les pertenece.
Ray Bradbury es un genio, pero no es para todos. Mi experiencia es que hay que cogerle con ganas y superar las primeras páginas. Acostumbrarse a tanta descripción, que a unos ojos cansados, pueden parecer innecesarias, pero son fundamentales para sumergirse en la atmósfera que nos ha preparado. De verdad, un pequeño esfuerzo por nuestra parte hará que pasemos un rato de lectura que merecerá la pena.

