He de reconocer que he empezado este libro con cierta desidia. De joven me habían hablado de Miguel Aranguren y del contenido de sus novelas. Por el origen de aquellos que me lo recomendaban le cogí tirria, me interesaba más la literatura fantástica que las palabras que podía escribir un meapilas. No quería una catequesis (para eso hay otros libros mejores), quería perderme entre personajes ficticios en mundo remotos que podían, o no, haber existido.
La sangre del pelícano me ha sorprendido. Desde un principio Albertino Guiotta, sacerdote y protagonista, consigue atraparte. Su pareja de baile, el comisario Monticore, le viene a servir de contrapeso y excusa para la investigación de extraños y macabros crímenes cometidos en la ciudad de Roma. ¿Un cura investigando crímenes horrendos? Pues sí, ya que lo terrenal y lo sobrenatural se dan la mano en esta novela.

Cantón, Granada, Nueva York, París y Roma son los lugares escogidos por Aranguren para desarrollar las fechorías de una secta que promete desbancar a la Iglesia Católica como faro que guíe al mundo. La verdad es que la trama está bien montada y la película quedaría bastante chula mezclando nazis y comunistas con brujas, rituales, periodistas de medio pelo y magnates del mundo de la moda.
El fallo (si es que sólo hay uno) es que el autor vuelve a colocar su particular catequesis entre sacrilegios y gente decapitada. No estoy en contra de la religión ni de la formación espiritual, pero o escribes una novela policíaca o un libro espiritual, las dos cosas a la vez parece que no funciona del todo. Al menos Miguel Aranguren no ha sabido hacer que funcione el experimento.

