Ni los negros meriendan ni nadie se los merienda a ellos. A pesar del sugerente título, ni la comida ni el canibalismo son los protagonista de esta historia. Merienda de negros viene a significar, según la RAE, ‘confusión y desorden en que nadie se entiende’. Y aunque la novela de Evelyn Waugh se entiende muy bien puede convertirse en un caos si se lee muy deprisa.
Merienda de negros es una crítica al colonialismo. Comienza con la incertidumbre del resultado de una guerra por el poder y continua por el sendero del progreso. El emperador nombrará a Basil, uno que pasaba por allí, Alto Comisario para la Modernización. Lo puedes interpretar como una burla o te puede recordar a la jerga comunista. Te vas a reír igual.
Waugh satiriza todo, desde el colonialismo paternalista de la metrópolis hasta la idea de falso progreso y el famoso “exprópiese”. ¿O era “expóliese”? Critica también la idea de que los países pobres son el cementerio de los diplomáticos irrelevantes o incompetentes. Y ahí no le pillo, igual te sale a cuenta mandar a alguien a un lugar al que nadie querría volver (salvo el susodicho ignorante) que las posibles consecuencias de despedir al sobrino del tipo influyente.
“Proclamó la abolición de la esclavitud y fue cálidamente aplaudido por la prensa europea; la ley se expuso en inglés, francés e italiano; jamás se tradujo a ninguna de las lenguas nativas; el antiguo sistema continuó, pero se había evitado la intervención europea”.

El humor es un género poco cultivado (y difícil), pero Waugh es uno de los mejores. Además, cuenta con que la obra está bien estructurada y hace un profundo uso del lenguaje. En los años que fue escrita podría haber servido como crítica social, considero que hoy hay que reírse (aunque sea sólo porque el teléfono es enseña de educación moderna) y dejar el pasado atrás.

